Sara Curruchich

Sara Curruchich, mujer de voz con alas
Por: Carolina Escobar Sarti

“Cantar es lo que más me acerca a volar”, dice Sara Curruchich Cúmez, la joven cantautora maya kaqchikel, originaria de San Juan Comalapa, Chimaltenango.


   Desde que llegó al mundo, Sara fue abrazada por la guitarra y la voz de su padre, y por el canto y el silbido de su madre. La pequeña vivía junto a ellos, sus cinco hermanas y un hermano (todos mayores que ella), en un hogar muy sencillo, pero donde las niñas podían y debían estudiar igual que los niños. A los cuatro años, Sara salía con su diminuta mochila azul en la espalda, y se despedía de su padre, mientras éste realizaba algún trabajo de carpintería en su casa. Pocos minutos después, ella daba una vuelta por la calle y regresaba, saludando a todos como si hubiera ido a estudiar. Niña siempre de alas dispuestas.

   A partir de los cinco años, Sara recuerda una guitarra muy vieja y muchas noches junto a su padre en la banca de la sala de su casa, alumbrados los dos sólo por la luz de una vela. Su padre le decía: “vení”, y ella se sentaba a escucharlo. Fue en aquellas noches en penumbra cuando aprendió la primera canción de su vida. 

   Sara entra a párvulos en 1999 y se gradúa, en el 2012, de la Escuela Normal para Maestros de Música Jesús María Alvarado. Su niñez y adolescencia transcurren, como las de muchas niñas indígenas en Guatemala, trabajando en labores agrícolas, viviendo la discriminación y la exclusión cada día en hechos que se repiten, estudiando como se puede, y ayudando en la casa. Cada año, durante el mes de diciembre, la familia iba a vender pesebres y ranchos, entre otras cosas de la época,  a los campos del Roosevelt.  Ella, por ser la más pequeña, vendía naranjas. El padre, además de agricultor, era carpintero y electricista, pero siendo Sara aún una niña, él comenzó a padecer el síndrome de Guillain-Barré. Al morir él, tiempo después, Sara dejó de cantar, y no lo hizo sino hasta varios años más tarde.

   Sus canciones nacen de mirar, de sentir, de soñar, de vivir. Nacen cuando canta el pájaro que anuncia la lluvia, cuando es tiempo de cosecha y el maíz amarillo está tendido. Sara tapisca y canta, ayuda a su madre en la casa y canta,  desgrana el maíz y canta.  Con su música puede sentirse conectada al universo como se siente conectado un árbol. Y le gusta  cantar en kaqchiquel, su idioma materno, porque siente que ese idioma es el que mejor canta la historia de su familia y su pueblo. 

   La alegría de volver a cantar se instala en Sara a finales del 2011. Mucho tuvo que ver el amor y la solidaridad de su familia. Empieza a escribir canciones, y la primera de ellas se llamó “Amigo” porque siente que nunca estaba sola. Luego escribe “Niña”, la historia de sus padres que hasta hoy la conmueve. Y se desgrana la mazorca cargada de música y poesía.

   En el 2012 forma parte del grupo de rock mam “Sobrevivencia” y ese mismo año recibe la invitación para participar en el “Konzert Zum Ende Der Zeit” en el marco del cambio de era maya, junto a la orquesta Filarmónica de Dresden, Alemania.

   A lo largo del 2013 empieza a darse a conocer en varios departamentos de Guatemala, cantando canciones de su autoría. Al año siguiente participa en los Festivales Solidarios en distintos lugares de Guatemala, porque sostiene que las cosas pueden ser diferentes en su país y que con su música contribuye a ello. En marzo del 2014, brilla en el XXX Festival del Centro Histórico de México, cuando nuevamente la invitan a cantar acompañada de la Orquesta Filarmónica de Dresden, Alemania, en la sala principal del Palacio de Bellas Artes, durante la presentación del concierto "Codex Dresdensis".  Durante su estadía y como un gesto de reconocimiento de la Orquesta, se graba en estudio la canción Ch’uti’ Xtän (Niña). En esa ocasión, el periódico mexicano El Informador,  exaltó el "sublime registro" de la voz de Sara.

   En el 2015 recibe el premio “Artista Revelación” en la rama de canto, de la Fundación Dante Alighieri. Y el 1 de marzo del 2016 Sara presenta su sencillo “Resistir”, con el fin de que su música llegue a todas partes.
   Sara cree en sí misma, pero su música no la representa solo a ella. En un país donde la exclusión y la violencia han tallado millones de historias, Sara quiere que su música rescate el valor de la vida. No el precio de la vida, sino su valor, su persistencia, y su belleza.

 
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